Comer forma parte de nuestro día
a día, y con ello, no solo estamos alimentado a nuestro cuerpo, sino también a
nuestra alma. Probablemente, cuando comemos lo que ha preparado otra persona,
como puede ser nuestra abuela, madre o alguien que nos tiene afecto, también
estamos nutriéndonos del cariño que han puesto en la elaboración de su receta y,
más aún, cuando nos preparan nuestro plato favorito sin pedir nada a cambio. Asimismo,
cuando cocinamos para alguien, nosotros mismos también empleamos todo nuestro
amor y empeño en la elaboración de esa comida porque, ¿qué puede haber más
gratificante que alguien coma lo que has preparado y que le guste?
Pues bien, llegados a este punto,
me gustaría hablar del valor de la cocina socioafectiva y de sus múltiples
beneficios. Este tipo de cocina no se basa en poner agua al fuego, cortar unas verduras
y elaborar un caldo, sino que va más allá; se trata de ver significado en cada
alimento que utilizamos y en cada una de las acciones que llevamos a cabo. Por
ejemplo, ingerir una naranja nos aporta vitamina C, y además de ser una fruta excelente
para prevenir resfriados, nos hace estar más tranquilos y mejorar nuestro humor,
teniendo como fin la autorregulación. Además, ¿qué pasaría si diéramos
significado a cada una de las acciones que llevamos a cabo en la cocina?
Estaríamos contribuyendo a un desarrollo socio-personal. Por ejemplo, batir
nata podría representar el esfuerzo que realizamos por alcanzar nuestras metas
y objetivos.
Buscar e informarse previamente a
cerca de los nutrientes de los alimentos, así como dar significado a cada uno
de los actos que realizamos en la cocina, daría lugar al desarrollo de un
interés y emoción inminente que nos haría pensar en el trasfondo nutricional de
lo que ingerimos. Por todo ello, pienso que llevar la cocina socioafectiva a
las aulas puede ser una experiencia gratificante para el alumnado.

Comentarios
Publicar un comentario